‘Todo
arte que no proporcione saber ha de ser descartado.’
Ibn ‘Arabi
"El arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara."
J.L Borges, 'Arte poética'.
[1] Lo
que generalmente se consideran las grandes corrientes o etapas del arte
universal son, cada una de ellas, expresión propia de una civilización única y particular.
No cambia el arte sin que cambie la sociedad misma que lo crea y lo
nutre. De este modo cada gran corriente artística que ha existido en la historia corresponde a un modo único de ser-en-el-mundo. El arte constituye así una herramienta privilegiada para estudiar y conocer un pueblo, al modo de una
radiografía del alma de esa sociedad, al mostrarnos su modo particular de sentir y ver el
mundo: es como un 'retrato' de su mundo interior donde se nos muestran a la luz sus
deseos, sus pasiones y sus miedos más profundos. El arte es, como dijera Spengler, ‘alma hecha
forma’.
Pero el arte no sólo cumple una función expresiva sino también una importante función reflexiva. Ninguna sociedad crea su arte para otra, para exhibirse ante otros hombres o pensando en tiempos venideros, sino por y para sí misma. El arte se convierte así en una auto-representación por la cual la sociedad cobra conciencia de sí misma. Por tanto el arte es, antes que nada, una herramienta de auto-conocimiento: el espejo en que toda sociedad se mira.
Por lo tanto el arte tradicional no solo muestra la realidad
interior de una sociedad particular sino que al mismo tiempo contribuye en buena medida a crearla y a tomar
conciencia de ella: la reflexividad que supone el arte tiene una importancia fundamental en el
desarrollo de la identidad de toda colectividad
humana, descubriendo a esa colectividad quién es, qué la define y cuál es su lugar
en el mundo.