Enfermedad y pecado.
“La enfermedad será
para Hildegarda, no un proceso,
sino un modo deficiens, un error, un defecto,
una merma
existencial y un déficit ontológico” [1]
Si la salud es vista para Hildegarda como la consecuencia natural del
equilibrio entre el hombre (microcosmos) y el universo (macrocosmos), y si dicho equilibrio se consigue actuando en consonancia y armonía con el orden cósmico [2], es decir acometiendo las acciones justas, la enfermedad entonces no puede ser sino la pérdida o alteración de dicho
equilibrio, proveniente de acciones humanas erróneas e injustas.
Desde esta perspectiva en que todo está profundamente -espiritualmente- relacionado e imbricado todo
desequilibrio en la naturaleza conlleva y manifiesta una injusticia a nivel
metafísico, sea este desequilibrio social (la guerra por ejemplo) u orgánico
(la enfermedad). Pero paralelamente toda injusticia dejará su marca en la naturaleza misma por el poder que posee el hombre -otorgado por Dios- para re-ordenar la naturaleza. Dicho de otro modo, cuando el hombre no cumple la misión que Dios le ha encomendado no es él el único perjudicado, sino toda la naturaleza la que se desequilibra y agoniza por dicha causa.