La vieira es uno de los símbolos fundamentales del Camino de Santiago, y lo es al menos desde los tiempos medievales, pues los peregrinos eran identificados y reconocidos como tales por portar la conocida concha bien visible sobre la capa o el sombrero. Hasta tal punto se identificó a los peregrinos con la vieira que la misma llegó a ser atributo inconfundible del propio santo, el Apóstol Santiago. Es curioso que la concha de vieira -que además en principio no es un símbolo crístico- se impusiera como símbolo identificativo de todo el Camino de Santiago, más si cabe teniendo en cuenta que no podían encontrarse estas conchas de manera natural en la zona concreta en que descansa la tumba el Apóstol, pues se trata de un molusco marino [1]. Este hecho, así como el fenómeno de su pervivencia como símbolo durante más de mil años -algo inaudito en estos tiempos en que todos los símbolos amenazan perderse- indican que la vieira desde los primeros tiempos del Camino debió tener un significado y un valor central para los peregrinos.
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domingo, 23 de febrero de 2014
viernes, 7 de febrero de 2014
Simbolismo zodiacal: Cáncer y Capricornio (I)
Nota: El complejo simbolismo de estos dos signos zodiacales nos ha llegado básicamente a través de R. Guénon ('Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada') a cuya obra remitimos a quien desee profundizar en los mismos así como en la simbólica tradicional en general.
En primer lugar reflexionemos acerca del signo de Cáncer, cuya representación más conocida es la del cangrejo, cangrejo de río por cierto, y por tanto de agua dulce. El cangrejo habita en el fondo del río o lago, nunca sale a la superficie, alimentándose del limo y los restos orgánicos animales o vegetales que caen desde la superficie. Si nos atenemos al simbolismo tradicional el fondo de las aguas, lugar del barro fértil, sería el origen o las primeras fases -indiferenciadas- de la manifestación, mientras la superficie de las aguas correspondería al desarrollo de la manifestación en sí, lo que de esta se muestra. Así, fondo y superficie podrían corresponderse con la manifestación informal y la manifestación formal respectivamente. Por otro lado, siendo las aguas siempre símbolo del alma, estas dos regiones de las aguas también pueden relacionarse con lo subconsciente y lunar -el fondo, la parte oculta de las aguas- opuesto a lo consciente y solar -la superficie del agua, su parte visible-[1]. Es tan solo a la primera de estas divisiones de las aguas -siguiendo el simbolismo del lago o estanque- a la que se refiere el signo de Cáncer: lo subconsciente, lo oculto, lo profundo, lo no-manifiesto, y, en general, todo aquello que ocurre en las profundidades y sin ser visto -inconsciente- pero cuyos efectos repercuten en la superficie de las aguas -la consciencia-. Es por este carácter de secreto y oculto y por las consecuencias que ello tiene en el nivel consciente por lo que este signo ha sido considerado a menudo como maléfico. En realidad, y bien entendido, este signo es tan maléfico como benéfico, pues en él se hallan contenidas todas las posibilidades de un ser particular, tanto las buenas como las malas, así como, por otra parte, aquellas que desarrolle a lo largo de su existencia tanto como las que no.
Estos significados se percibirán más claramente si analizamos el símbolo abstracto por el que se representa el signo: su figura circular y cerrada sobre sí misma recuerda el yin-yang oriental, la dualidad pero replegada sobre sí misma, mostrando vuelto al interior el par de opuestos irreductible a que se reduce toda la manifestación.
Estos significados se percibirán más claramente si analizamos el símbolo abstracto por el que se representa el signo: su figura circular y cerrada sobre sí misma recuerda el yin-yang oriental, la dualidad pero replegada sobre sí misma, mostrando vuelto al interior el par de opuestos irreductible a que se reduce toda la manifestación.
martes, 28 de enero de 2014
Esoterismo cristiano: el Crismón
El escudo del Imperio Romano de Oriente, llamado 'Crisma de Constantino' y a veces lábaro, oculta diversos simbolismos de gran importancia. En primer lugar este emblema respondía al conocido lema del Emperador:
"In Hoc Signo Vinces"
("por este signo
vencerás")
Si seleccionamos la primera letra de cada palabra nos aparece el acróstico:
I - H - S - V
que son las
letras latinas que forman el Nombre de Jesús. En las iglesias cristianas latinas (occidentales) normalmente se representa este acróstico recurriendo sólo a las tres
primeras letras:
I - H - S
motivo que aún es fácil de encontrar en diversas combinaciones y que también guarda varios simbolismos de los cuales tratamos aquí.
sábado, 25 de enero de 2014
Las tres Estampas Maestras de Durero: Una trilogía oculta (y 7)
Por
último presentamos el siguiente diagrama que sirve como resumen de la hipótesis
principal de este trabajo, a fin de exponer en un golpe de vista el lugar exacto
que ocupa cada estampa en el camino de progreso espiritual que Durero sintetiza
en estas tres imágenes:
Como
puede apreciarse, el gráfico resume muy esquemáticamente el camino que suponen
los Misterios Menores, desde el lugar más alejado del centro, la línea de la
circunferencia exterior, que simboliza el dominio de la manifestación grosera
–donde ha de empezar forzosamente el camino de retorno de todo ser- hasta el
mismo centro y origen de esa manifestación, imagen del Paraíso primordial.
La
posición 1 corresponde a la primera estampa, ‘La melancolía’, que describe el
paso del umbral o límite entre el mundo profano y exterior –manifestación
formal grosera- y el acceso al mundo intermedio.
La posición 2 corresponde
al lugar que ocupa ‘El caballero…’ que atraviesa precisamente ese mundo
intermedio –manifestación formal sutil-. ‘San Jerónimo’ se encuentra en
la posición 3, que señala el núcleo o centro del ‘plano de manifestación
humano’, habiendo separado sus facultades del mundo exterior y reintegrado sus
potencias a su centro primordial retornando así al origen –siempre en este
plano de manifestación-. Es fácil apreciar visualmente cómo este punto
central es exactamente el que comunica, a través del Axis Mundi, con los
estados superiores del Ser así como con el Polo del que procede toda
manifestación.[1]
Lo
mismo puede aplicarse a las castas. La tercera casta estaría situada en la
posición 1, la más exterior, en inevitable contacto directo con el mundo físico
que es en rigor el ámbito de acción de dicha casta. La casta segunda, la
guerrera, se sitúa en la posición 2, ya más interior que la otra, en los
dominios del mundo intermedio. La primera casta, la sacerdotal, se ubica en la
posición 3, la más central e interior de todas y por tanto la más alejada de
los dominios de la manifestación física o grosera, pero la más cercana por eso
mismo a los mundos del espíritu que es de donde emana su acción. Acción que
podríamos calificar de invisible pues supone ante todo una influencia, que no
deja aparente huella.[2]
Dejando a un lado esta función indirecta de la primera casta, podríamos decir
que mientras la casta chatria debe ordenar y administrar el orden humano
y social, la convivencia, la casta vaishya debe ordenar y administrar el
mundo material y posee el dominio sobre él. Una vez más nos encontramos ante
una distribución funcional que se organiza en base a la conocida división
ternaria clásica del alma[3].
Vistas
ahora así en conjunto, las tres estampas pueden ser comparadas con la división
ternaria de que consta la Divina Comedia de Dante, pues la muerte iniciática
a menudo es asimilada a un descenso a los infiernos y al interior de la
Tierra, la etapa intermedia se correspondería con el Purgatorio descrito por
Dante, donde se han de quemar las últimas impurezas, y la tercera estampa, con
san Jerónimo en su gabinete, correspondería al Cielo de Divina Comedia, donde
reinan la armonía y la belleza. Como se comprueba al mostrar este evidente
paralelismo entre las Estampas maestras del maestro de Núremberg y la Comedia
de Dante, la ascensión espiritual que hemos descrito en tres etapas o
peldaños –y que conduce de la oscuridad del infierno y la materia a la luz del
cielo y el espíritu-, lejos de ser extraña o ajena al arte europeo, es
perfectamente conocida en el mismo y conforme a la tradición[4].
No
hay espacio para más, sólo nos resta concluir con cierto asombro que, haciendo
gala de su gran genialidad, el maestro Durero deja testimonio cum figura para
los hombres del porvenir de la senda iniciática que conduce desde la existencia
profana hacia la realización plena de los Misterios Menores, que son
precisamente los que se refieren al dominio de la manifestación, sintetizando
dicho sendero místico en tres etapas o peldaños, siguiendo y respetando en todo
momento la antiquísima tradición simbólica occidental. La transmisión de dicho
testimonio es precisamente una de las misiones principales de todo maestro
según decíamos al comienzo de estas páginas al referirnos al sentido de la
palabra tradición[5].
Se comprende ahora por qué, ante la carencia de una verdadera perspectiva
tradicional, el significado y alcance de las Estampas maestras ha pasado
desapercibido durante años para los críticos de arte y los especialistas.
No
ha sido nuestra intención agotar en estas breves páginas todas las posibles
lecturas a que dan lugar estas tres obras maestras del maestro de Núremberg ni
explicar pormenorizadamente todos los símbolos que aparecen en ellas; habría
aún mucho que decir, sabemos además que tocamos muchos temas transversales
(doctrina de las castas, doctrina de los gunas, etc…) que requieren de
mayores análisis y profundizaciones y que aún quedan en los tres grabados
numerosos símbolos que no hemos mencionado esperando ser explicados. Tan solo
hemos querido sugerir, de una parte, la inmensa profundidad de significados que
contiene el Arte con mayúsculas cuando, lejos de buscar lo novedoso, respeta
los usos tradicionales y se atiene al símbolo entendido como puente y vínculo
con una realidad superior; y de otra, las inmensas posibilidades que ofrece una
interpretación tradicional del fenómeno artístico, sea cual sea su forma de
expresión. Al fin y al cabo es el espíritu quien trata siempre de mostrarse con
gemidos inefables[6]
a través de toda la creación humana, no solo artística.
Porque en verdad lo original es volver al
origen, precisamente ese origen al que Durero nos propone retornar tomando el
camino hacia los Misterios Menores que nos muestra en estas tres Estampas
maestras.
[1] Este gráfico
permite asimismo una presentación en vertical, en tal caso encontramos los tres
mundos a que nos referimos anteriormente: la posición 1 se encontraría sobre la
Tierra, la posición 2 seguiría estando en el mundo intermedio o Atmósfera y la
posición 3 señalaría el Cielo, posiciones y denominaciones que coinciden
plenamente con todo lo dicho hasta ahora acerca del significado de las estampas.
[2] Los efectos de
dicha ‘acción invisible’ se cumplen en el mundo exterior solo indirectamente.
La huella que deja el hombre moderno a su paso es también un interesante
tema de reflexión acerca del ciclo humano y su momento actual, reflexión que
dejaremos para mejor ocasión.
[3]
Basada, no lo olvidemos, en la naturaleza propia de las cosas (el swadharma)
y no en alguna convención humana.
[4] Guénon, R. El
esoterismo de Dante. Ed. Paidós. Barcelona, 2005.
[5] Ver nota 2.
[6] Rm. 8, 26.
Las tres Estampas Maestras de Durero: Una trilogía oculta (6)
Llegados
aquí, las relaciones simbólicas podrían multiplicarse. No nos alargaremos más,
aunque aún habría mucho que decir. Nos contentaremos tan solo con una
indicación cosmológica. Sabido es que el hombre es un microcosmos reflejo
del macrocosmos y que contiene en sí, en potencia, el orden natural
universal. Por ello la división ternaria del alma se corresponde muy bien con
los tres mundos herméticos:
- mundo inferior - Tierra, nivel del mundo físico, correspondiente a la manifestación formal física o grosera[1]
- mundo intermedio - Atmósfera, nivel del mundo psíquico, ámbito al que corresponde el elemento Aire y la manifestación formal sutil; y
- mundo superior - Cielo, al que corresponde el elemento Fuego y el mundo causal o manifestación informal.
La
equivalencia de los tres mundos herméticos con las tres estampas salta a la
vista:
- ‘La melancolía’ - hace referencia al mundo físico, lo material y lo grosero, el mundo de la acción exterior, que es aquel sobre el que domina y tiene poder transformador la tercera casta, la dimensión material de la vida humana;
- ‘El caballero…’ - mundo intermedio, que corresponde asimismo con la dimensión volitiva –objetivos y metas- de la vida humana así como de la sociedad misma, aspecto de regulación social sobre el que rige la segunda casta.
- ‘San Jerónimo…’ - mundo superior o celeste, dimensión espiritual del hombre, sobre la que tiene dominio la primera y más alta de las castas.
Indiquemos
casi de pasada que según la cosmología tradicional el papel del hombre es ser
mediador entre los cielos y la tierra[2].
Llegamos
ya al final de nuestro estudio pero no podemos dejar de señalar una última
analogía debido a la profunda enseñanza metafísica que contiene, si bien
requiere para ser expuesta de una cierta explicación. Se trata de una analogía
bastante cercana a la ya establecida con la doctrina tradicional de las
castas[3]
pues es inseparable de ésta y a buen seguro resultará ciertamente evidente para
aquellos que estén familiarizados con la metafísica tradicional, nos referimos
a aquella que puede establecerse entre los tres grabados del maestro de
Núremberg y los tres Gunas o cualidades de la naturaleza (Prakriti)
según la tradición Samkhya hindú: Sattvá, Rajas y Tamas.
La
doctrina de los Gunas es el substrato sobre el que se sostienen todas
las analogías y correspondencias que han ido apareciendo a lo largo de este
trabajo. Es por esta razón que hemos dejado su exposición para el final y la
emplearemos a modo de recopilación y síntesis de todo lo antes dicho.
La
correspondencia que es posible establecer entre las tres estampas maestras y
la doctrina de los gunas del Samkhya hindú puede sintetizarse del
siguiente modo:
- ‘La melancolía’ - Guna Tamas - Casta de los vaishyas.
- ‘El caballero…’ - Guna Rajas - Casta de los chatrias.
- ‘San Jerónimo…’ - Guna Sattvá - Casta de los brahmanes.
Si
bien antes no hicimos alusión a ello, es de sobra conocido que la palabra que
designa propiamente las castas en la tradición hindú es varna que
significa color. En efecto según la tradición Samkhya, a cada casta se
le atribuye un color, color que está precisamente en correspondencia con el guna
o cualidad que es más característico de dicha casta, es decir que domina en
ella –estando siempre los tres gunas presentes en toda la
manifestación-. Es precisamente la preponderancia de un guna en
particular sobre los otros lo que designa a qué casta pertenece ese ser
concreto. Se advierte que la cualificación que supone la casta, lejos de ser un
atributo exterior, es ante todo una cualidad o propiedad interior y
designa un estado espiritual –al menos potencial- de ese ser. Así a la casta de
los sacerdotes (brahmanes) se asocia el color blanco de la pureza (Guna
Sattvá), a la casta de los guerreros (chatrias) el color rojo,
propio del sacrificio y la voluntad (Guna Rajas) y a la casta de los
artesanos (vaishyas) el color negro propio del mundo material y de lo
inerte[4]
sobre el cual ostentan poder transformador (Guna Tamas).
Hemos
establecido una primera correspondencia entre ‘La melancolía’ y el Tamo-guna.
Veamos el porqué. Siendo el Tamo-guna el que simboliza la inercia, la
pesadez, la ignorancia, la pereza, la falta de movimiento espiritual y la
carencia de objetivo y siendo a menudo simbolizado por la noche, la oscuridad y
la muerte, en todo coincide con el sentido de la noche oscura y la muerte
iniciática que hemos atribuido anteriormente a la primera de las tres
estampas. Vemos la pesadez en los materiales constructivos densos que rodean a
la figura, la ignorancia en su desconocimiento de cómo acometer su Obra, que
está a medio construir, y además como ya indicamos es propio del alma apetitiva
o inferior vivir apegándose a lo más exterior, grosero y material de la
manifestación. El Tamas además debe ser puesto en relación con la melancolía
misma. La melancolía es un sentimiento que gusta de autocomplacerse, es
centrípeto, circular y obsesivo –contrariamente a la energía que corresponde al
Rajas que es centrífuga-, y se recrea abundantemente en sí mismo[5].
Pero es sobre todo la relación con Saturno la que nos da la pista definitiva
que vincula la melancolía con el Tamas.
Frecuentemente
se ha asociado este grabado al carácter saturnal y melancólico[6],
carácter que sería causado por la ‘bilis negra’, que es, de los 4 humores de la
teoría hipocrática -empleada por la cosmología neoplatónica en tiempos de
Durero- el que corresponde al elemento Tierra, elemento que nos remite a la
materia fría, oscura e inerte.
“La bilis negra, causante de la melancolía, fue el humor considerado más pernicioso, asociado a la tierra y la vejez [Saturno], propenso a enfermedades del espíritu como la demencia, siendo por tanto clara expresión de lo desagradable y desgraciado y gozando como única cualidad positiva de su tendencia al solitario estudio. Eran seres nacidos para ser sabios pero no felices.”[7]
Por
su parte las referencias saturnales del grabado –se consideraba que Saturno
regía sobre la bilis negra y el mal melancólico- están por una parte en
relación con el genio creativo y ‘una tendencia superior del espíritu’[8]
-tendencia que según el maestro neoplatónico florentino Marsilio Ficino poseen
los ‘nacidos bajo el signo de Saturno’[9]-;
y por otra esas mismas referencias saturnales nos remiten al comienzo de la
Obra alquímica –el Opus Magnum-, pues se dice que ésta comienza en la
estación de Saturno. Y curiosamente el color negro señala su primera fase: la nigredo
o putrefactio. Color, este negro, con todas sus implicaciones
simbólicas referidas a la muerte, que se corresponde bien con el Tamo-guna,
presente como hemos dicho en la inercia, lo pesado, lo oscuro, la ignorancia.
En el siglo XVI era frecuente relacionar lo melancólico con lo saturniano[10],
Saturno era para la astrología clásica paradigma de lentitud –no en vano es el
planeta de más lento movimiento entre los contemplados por el sistema
ptolemaico[11]-,
y sabemos además que, según la tradición hermética, el metal asociado a Saturno
es el plomo, el metal más pesado de todos… y por ello mismo el más tamásico.
Por consiguiente parecen evidentes las profundas relaciones que existen entre
lo que en tiempos de Durero se denominaba melancolía y se asociaba al
influjo saturnal y aquella cualidad de la naturaleza que la tradición
hindú conoce como Tamas. La correspondencia de este guna con el
primer grabado se muestra acertada.
‘El
caballero…’ por su parte nos remite al segundo guna, Rajas, la
tendencia expansiva y centrífuga opuesta en cierto modo a la contractiva y
centrípeta del Tamas. La cualidad centrífuga es caliente, inestable y
móvil (su color es el rojo) mientras la cualidad centrípeta es fría y rígida
(siendo su color característico el negro). Ambos grupos de cualidades se
corresponden muy bien con los dos grabados. La palabra Rajas también
designa el aire, la atmósfera, es decir el mundo intermedio, estando el mundo
intermedio precisamente caracterizado por su carácter inestable y cambiante.
La
cualidad pasional, emocional y afectiva del Rajas es la más propia de la
casta guerrera, en la que predomina el alma volitiva –parte intermedia del
alma-. El chatria o guerrero busca sobreponerse a todas estas emociones siempre
cambiantes para encontrar el centro siempre estable de su ser. Tal centro es
simbolizado por Durero por la ciudadela que se ve a lo lejos del grabado en una
referencia quizá al mito caballeresco por antonomasia de la tradición europea:
la leyenda del Santo Grial. Incluso el hecho de que tal lugar central esté en
lo alto de una montaña -como en el mito griálico mismo- es un simbolismo tradicional
perfectamente habitual[12].
Al caballero parecen poder aplicársele muy bien las palabras que dirigiera san
Pablo a los efesios:
“Por lo demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza poderosa. Revestíos de de las armas de Dios para poder resistir a las asechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire [elemento propio del mundo intermedio]. Por eso tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto, y manteneros firmes después de haber vencido todo. Poneos en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza. […] Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; siempre en oración y súplica.”[13]
Por
último, san Jerónimo simboliza el guna restante, el más elevado de los
tres, el Sattvá, asociado con las cualidades de pureza y bondad, lo
luminoso, el impulso ascendente y la contemplación de los mundos superiores,
justamente el estado en que encontramos al santo, trabajando en su estudio y
recibiendo la inspiración del Espíritu. Se corresponde además este guna con
el alma intelectiva o superior, cuya característica principal es su capacidad
para comunicar con los mundos superiores.
San
Jerónimo se encuentra en el punto mismo donde es posible tal comunicación con
los estados superiores del Ser, mundos superiores inmanifestados que quedan más
allá de esa ventana por la cual el santo recibe la luz y, no sería descabellado
pensar, también la inspiración. El hecho de que un crucifijo –único símbolo
explícitamente cristiano en los tres grabados- medie entre esa luz purísima que
hay tras el cristal y el santo escriba no puede ser tampoco casual, pues:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.”[14]
Dijimos
que los tres grabados mostraban un proceso de interiorización desde el dominio
exterior en que se encuentran los sentidos del hombre profano hasta la
unificación completa de las facultades humanas en el centro primordial
–simbolizado tradicionalmente por el corazón-. Efectivamente siendo la
iluminación un estado eminentemente interior en que el espíritu habla al alma
secretamente, san Jerónimo es el único de los tres personajes que ocupa un
interior, bien ordenado y armónico por lo demás, en el que conviven
pacíficamente el perro y el león, imagen de la armonía y el equilibrio que
reinan en el alma del santo.
Podemos
decir entonces que San Jerónimo habita en el centro o corazón del mundo, centro
de la rueda de la manifestación, lugar por el que pasa el eje vertical que
viniendo del Polo atraviesa toda la manifestación y une el estado humano con
los estados superiores del Ser de los cuales procede su inspiración, san
Jerónimo ha devenido así ‘Hombre primordial’[15].
La
confirmación de que san Jerónimo se halla en un centro del mundo nos
viene dada por el particular simbolismo del reloj de arena, motivo que se
repite en los tres grabados y que sirve en parte como leitmotiv de los
mismos. Si atendemos a los relojes de arena presentes en los dos primeros
grabados –‘La melancolía’ y ‘El caballero…’- apreciaremos que el reloj de arena
porta sobre él un pequeño reloj de sol. Ambos relojes están destinados a medir
dos tiempos diferentes: mientras el reloj de arena mide el tiempo cronológico,
el tiempo histórico, un tiempo horizontal y lineal que nunca se detiene, el
reloj de sol nos habla de otro tiempo, el Kairós, un tiempo vertical y
cíclico, que señala el instante decisivo o momento oportuno y que se opone por
su misma naturaleza a Chronos.
Mediante
los dos relojes el simbolismo de los dos tiempos se hace evidente: mientras el
tiempo cuantitativo de la manifestación y la materia es medido con arena –es
decir, por el elemento tierra-, el tiempo cualitativo del espíritu es medido
por la luz intangible que viene del sol -elemento fuego-.[16]
Dos tiempos que se mueven, no en sentidos opuestos, sino en dos dimensiones
diferentes –horizontal uno, vertical el otro- y que responden a dos naturalezas
también muy diferentes: uno es el tiempo propio de la manifestación; el otro es
el tiempo del espíritu, de lo inmanifestado y de los mundos superiores, un
tiempo cualitativo frente al carácter eminentemente cuantitativo del primero.
Señalemos además que en el primer grabado el reloj de sol no proyecta ninguna
sombra, señal indicativa de que el momento oportuno –el Kairós- aún no ha llegado y que aún se espera la ocasión propicia,
que coincidirá presumiblemente con el amanecer que vendrá a iluminar esa noche
oscura que simboliza el primer
grabado.
Ahora
bien, si en los dos primeros grabados el reloj de arena que mide el tránsito
del tiempo en la tierra se contrapone al reloj de sol que mide el curso del
tiempo del cielo, en el tercer grabado no hay reloj de sol sobre el de arena.
¿Por qué? Estando san Jerónimo precisamente dentro de ese momento
epifánico, participando de esa iluminación, viviendo el Kairós, él mismo
es ahora el gnomon[17] que
marca el trayecto del sol; el santo encarna él mismo el reloj solar que recibe
la luz del espíritu y alrededor del cual gira el universo. San Jerónimo se
encuentra por tanto, como el gnomon de un reloj solar, en el centro de
la rueda, ese centro inmóvil por el que pasa el eje del universo (Axis Mundi)
y alrededor del cual gira todo lo manifestado.
Las ilustraciones nos muestran los tres relojes presentes a modo de leitmotiv en las Tres Estampas, se presentan en el mismo orden en que los hemos expuesto y analizado: 'Melancolía', 'El Caballero...' y en último lugar 'San Jerónimo'.
Se aprecia perfectamente cómo en los dos primeros el reloj de arena porta sobre sí un gnomon solar.
A
espaldas del santo, tan vehemente en su labor como ciego a las realidades de
espíritu, el reloj de arena, siempre amontonando su tiempo hecho de tierra, nos
recuerda uno de los proverbios del infierno del poeta W. Blake:
The hours of folly are measur’d by the clock,
but of wisdom: no clock can measure.
Las horas
de la locura las mide el reloj;
pero
ningún reloj puede medir las horas de la sabiduría.[18]
[1] Tomamos aquí la
terminología habitualmente empleada por R. Guénon.
[2] Guénon, R. La
Gran Triada. Ed. Paidós. Barcelona, 2004. Recordemos la representación
clásica del hombre en las ciencias sagradas chinas con los brazos alzados, las
manos tocando el cielo y los pies sobre la tierra, haciendo así de puente entre
Cielo y Tierra.
[3]
Para profundizar en la base metafísica en que se sustenta ésta recomendamos la
obra de F. Schuon Castas y razas.
[4] Reparemos en el
paralelismo etimológico entre la materia inerte y la inercia que
es la característica central del Tamas: el no moverse por propia
voluntad o decisión racional sino por apetitos.
[5] Panofsky et al. Op. Cit.
[6] Panofsky et al. Op.
Cit.
[7] González de
Zárate, J.M. Durero y los Hieroglyphica, en Archivo español de Arte,
Vol. 79, nº 313 (2006). Instituto de Historia (CSIC).
[8] Panofsky et
al. Op. Cit.
[9]
Por lo demás Ficino en su comentario a Aristóteles no aclara a qué tipo de
nacimiento se refiere...
[10]
González de Zárate, J.M. Op. Cit.
[11] El planeta
Saturno tarda unos 29 años en completar su traslación.
[12] Guénon, R. Símbolos
fundamentales de la ciencia sagrada. Ed. Paidós. Barcelona, 1995.
[13] Ef. 6, 10-18.
La cursiva es nuestra.
[14] Jn. 14, 6.
[15]
Guénon, R. La Gran Triada.
[16] Habría mucho
que decir sobre la ciclicidad del tiempo kairótico frente a la
linealidad -que crea la ilusión histórica- del tiempo cronológico.
[17] Palabra que
cuando es referida a personas significa precisamente: experto, maestro, aquel
que discierne.
[18]
Blake, W. El matrimonio del cielo y el infierno. Ed. Visor. Madrid,
2003.
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Las tres Estampas Maestras de Durero: Una trilogía oculta (5)
Esta
última particularidad aludida, este segundo nacimiento en que consiste
la superación del aniquilamiento iniciático, conduce nuestro análisis hacia una
nueva e insospechada dirección. En efecto, Durero, no contento con mostrarnos
los tres peldaños de la vida espiritual tal como nos ha sido legada por la
tradición, escoge para representar cada uno de estos tres peldaños las figuras
alegóricas que él considera los prototipos más perfectos de tales estados
humanos. Conociendo su capacidad de síntesis y de economía visual, su conocimiento
de la tradición pictórica anterior así como de las nuevas gramáticas
iconográficas que estaban surgiendo en el renacimiento[1] y,
sobre todo, sabiendo de su habilidad polisémica para decir muchas cosas
mediante una sola imagen, no parece apropiado pensar que Durero dejara la
elección de estos tres personajes a algún tipo de gusto particular o de azar.
Es posible por tanto pensar que las tres figuras encierren aún algún
significado más.
Al
escoger la labor que le parece más adecuada para representar cada grado
iniciático el maestro alemán escoge un tipo humano muy particular que posee
-para Durero- el valor de un arquetipo: un artesano, un guerrero y un
santo. Así encontramos que los tres personajes protagonistas de nuestros
grabados personifican las tres ‘castas nobles’ o superiores del orden social
tradicional. Y no es por casualidad que los miembros de estas tres castas
nobles –nombradas a menudo por su más conocida denominación hindú como brahmanes,
chatrias y vaishyas- sean quienes pueden ser llamados en rigor dwija,
es decir ‘nacidos-dos-veces’. Son precisamente estos tres arquetipos humanos
los que tienen la posibilidad –y el derecho por naturaleza- de cumplir ese
segundo nacimiento que describíamos en el capítulo anterior.
Y
también aquí Durero muestra la habitual progresión desde lo inferior hacia lo
superior pues los tres grabados se corresponden con las tres castas
tradicionales del siguiente modo:
-
‘La
melancolía’ à representa la casta de los
artesanos y comerciantes, la más baja de las tres y el conocimiento que le es
más propio, el de la materia.
-
‘El
caballero, la muerte y el diablo’ à representa la casta de los
guerreros y gobernantes; representan el poder temporal y el conocimiento que se
refiere al gobierno de los hombres.
-
‘San
Jerónimo en su estudio’ à representa la casta sacerdotal,
la más alta de las tres; representan el poder espiritual y el conocimiento
espiritual.
Puesto
que el orden social en un sistema de castas es conforme a naturaleza, es decir
basado en la diferente cualificación natural entre los hombres, la
correspondencia entre los mismos estados espirituales que expusimos
anteriormente y las propias castas es natural e inevitable. Por ello la figura
de cada casta es tomada aquí por Durero como el arquetipo –nunca mejor
dicho- de ese tipo espiritual concreto, o dicho de otro modo de ese nivel
particular de conocimiento y proximidad a lo divino. Así, a través de la
descripción visual de los tres grados iniciáticos Durero abarca también un
retrato de la sociedad tradicional dividida en sus tres castas funcionales
superiores. No dejará de ser llamativo para muchas mentalidades modernas que
uno de los artistas más representativos del renacimiento europeo y de las
nuevas corrientes humanistas que surgieron en él, muestre de modo tan poco
disimulado el orden social propio de la denostada y teocrática edad media. En
todo caso no debemos olvidar que Durero creció y aprendió su arte en un sistema
gremial -heredado de esa misma edad media aunque en franco retroceso ya en su tiempo-,
y que tal sistema gremial en que se agrupaban artistas y artesanos, reproducía
inevitablemente el mismo esquema ternario tradicional cuyo rastro seguimos en
este estudio, bajo la forma de los tres grados habituales: aprendiz, oficial
y maestro. Tres grados gremiales que encajan a la perfección, como
no podía ser de otra manera, con los personajes protagonistas de los tres
grabados.
Las castas se designan habitualmente en orden inverso al que hemos tomado para los grabados, de superior a inferior. Esto depende del punto de vista que se tome, si tomamos como punto de vista el principio universal del que todo deriva los miembros del orden social se ordenarán de superior a inferior por proximidad al mismo: sacerdotes, guerreros y artesanos; en cambio si tomamos el punto de vista humano, que es el del hombre que debe ascender la escala, el ordenamiento de las correspondientes fases iniciáticas o peldaños de la escalera tomará forzosamente el orden inverso, ya que serán percibidas como etapas del ascenso hacia la cumbre. Por eso, tal y como hemos ordenado las estampas de lo inferior a lo superior, éstas representan los grados iniciáticos tal y como deben ser recorridos por parte del cualquier hombre en su camino de ascenso o retorno desde la división -signo inequívoco de la multiplicidad que implica toda manifestación- hasta la completa unión que se cumple en la cima de la vía iniciática
Las castas se designan habitualmente en orden inverso al que hemos tomado para los grabados, de superior a inferior. Esto depende del punto de vista que se tome, si tomamos como punto de vista el principio universal del que todo deriva los miembros del orden social se ordenarán de superior a inferior por proximidad al mismo: sacerdotes, guerreros y artesanos; en cambio si tomamos el punto de vista humano, que es el del hombre que debe ascender la escala, el ordenamiento de las correspondientes fases iniciáticas o peldaños de la escalera tomará forzosamente el orden inverso, ya que serán percibidas como etapas del ascenso hacia la cumbre. Por eso, tal y como hemos ordenado las estampas de lo inferior a lo superior, éstas representan los grados iniciáticos tal y como deben ser recorridos por parte del cualquier hombre en su camino de ascenso o retorno desde la división -signo inequívoco de la multiplicidad que implica toda manifestación- hasta la completa unión que se cumple en la cima de la vía iniciática
[1] La capacidad de
síntesis y las nuevas gramáticas figurativas ya habían sido exploradas por
Durero un par de años antes (1512) cuando ilustró los Hieroglyphica de
Horapollo para su amigo el humanista Willard Pirkheimer. Dicho sea de paso, y a
modo de anécdota pero para nada casual, este misterioso personaje supone el
puente entre Durero y el neoplatonismo italiano de la época, cuya figura más
destacada fue Marsilio Ficino (que tradujo al latín a Platón y a Plotino),
muerto pocos años antes (1499).
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Las tres Estampas Maestras de Durero: Una trilogía oculta (4)
Al
final del capítulo anterior hemos citado al gran maestro espiritual español del Siglo de
Oro, san Juan de la Cruz, el 'doctor místico'. Volvamos un instante a él antes de seguir. San Juan
de la Cruz retoma esta ‘escala mística’ de ascensión espiritual transmitida por
la tradición patrística que estamos siguiendo a través de las tres estampas de
Durero pero profundiza en algunos aspectos que no habían recibido toda la
atención necesaria por parte de otros doctores de la iglesia, nos referimos
concretamente a las transiciones entre los estados o peldaños, al paso de un
nivel al siguiente. Sobre estos estados liminares en que el sujeto deja de ser
lo que era hasta entonces pero aún no es lo que será en el futuro –a los que el
carmelita denomina noches- desarrolla san Juan de la Cruz una importante
teología. Estas etapas de transición son descritas y analizadas por él con
minucioso detalle en sus obras Subida al Monte Carmelo y Noche oscura
del alma (cuyo comentario utilizaremos aquí como guía para lo que sigue).
Es
bien conocida la importancia del símbolo de la noche en toda la obra de
San Juan de la Cruz y es este quizá el símbolo más personal y característico
del místico carmelita, pero veamos qué nos puede aportar su doctrina de las noches
para la mejor interpretación de nuestros tres grabados. Sin necesidad de
entrar en detalle en su doctrina teológica, sí diremos que su noche funciona
a modo de ‘símbolo iniciático del devenir de la espiritualidad del ser’[1].
Tenemos
en primer lugar la noche oscura del sentido, que es aquella que separa a
los principiantes de los aprovechados. Sería esta la primera
transición. Sobre la misma nos dice san Juan de la Cruz:
“por tiempo habiendo purgado
algo el sentido, esto es, la parte sensitiva, de las fuerzas y aficiones
naturales por medio de las sequedades que en ella pone, va ya encendiendo en el
espíritu este amor divino. Pero entretanto, en fin, como el que está puesto en
cura, todo es padecer en esta oscura y seca purgación del apetito, curándose
de muchas imperfecciones.” (N.O. Cap. 11, 2)
“Y la más propia manera de este
castigo para entrar en sabiduría son los trabajos interiores que aquí decimos,
por cuanto son de los que más eficazmente purgan el sentido de todos los
gustos y consuelos a que con flaqueza natural estaba afectado, y donde es
humillada el alma de veras para el ensalzamiento que ha de tener.
Pero el tiempo que al alma
tengan en este ayuno y penitencia del sentido, cuánto sea, no es cosa cierta
decirlo, porque no pasa en todos de una manera ni unas mismas tentaciones;
porque esto va medido por la voluntad de Dios conforme a lo más o menos que
cada uno tiene de imperfección que purgar.”[2]
(N.O. Cap. 14, 4-5)
Se
trata por tanto de una “noche y purgación del apetito” (N.O. Cap. 12,
1), dirigida por consiguiente a purificar el alma apetitiva, el nivel más
inferior del alma según la división ternaria que anteriormente expusimos.
Pero
tras esta noche espera una segunda noche, la noche oscura del espíritu que
prepara para la divina unión. Es esta segunda noche la transición obligada
entre el nivel de los aprovechados y el de los perfectos, pues
siendo definitivamente limpiada el alma en ella ya puede contemplar sin mancha
ni rubor la pura luz divina. Esta segunda transición se situaría según nuestra
interpretación entre los grabados del caballero y de san Jerónimo, pues este
último se encuentra ya entre:
“los perfectos, purificados ya
por la noche segunda del espíritu”.
(N.O. Libro II, Cap. 1, 2)
No
nos extenderemos en esta segunda noche pues creemos haber mostrado
suficientemente que la primera estampa muestra figuradamente la primera noche,
a la que denomina san Juan de la Cruz ‘del sentido’ y que se presenta de
modo obligado en el paso entre principiante y aprovechado. Hay
suficientes datos que lo confirman: las abundantes referencias de la estampa al
alma inferior o apetitiva, así como a la materialidad más grosera (véase el
instrumental y los materiales duros y pesados de trabajo que rodean al
personaje) y a la misma melancolía, que es algo propio de los principiantes (como
reconocen el mismo San Juan de la Cruz y Jacob Boehme).
Por
tanto no nos parece aventurado sostener que la figura melancólica de la primera
estampa está en curso de superar su particular ‘noche oscura del sentido’,
noche oscura destinada a limpiar –purificar- las pasiones desordenadas de su
alma apetitiva y que es la manera de desapegarse el alma de los bienes
terrenos, de lo exterior, pendiente de lo cual ha vivido hasta entonces, pues:
“Este es el primero y principal
provecho que causa esta seca y oscura noche de contemplación: el conocimiento
de sí y de su miseria.” (N.O. Cap. 12, 2)
Queda
por explorar aún un importante tema simbólico y es aquel que relaciona la noche
oscura del sentido con el simbolismo de la muerte y del nuevo nacimiento.
En palabras de san Juan de la Cruz, el espíritu hace padecer al alma:
“[…] absorbiéndola en una
profunda y honda tiniebla, que el alma se siente estar deshaciendo y
derritiendo en la haz y vista de sus miserias con muerte de espíritu
cruel; así como si, tragada de una bestia, en su vientre tenebroso se sintiese
estar digiriendo, padeciendo estas angustias como Jonás (2, 1) en el vientre de
aquella marina bestia. Porque en este sepulcro de oscura muerte la conviene
estar para la espiritual resurrección que espera.” (N.O. Libro II, Cap. 6,
1)
Se
debe observar que:
“En sentido cronológico la noche
es la víspera del día de las nupcias; en sentido alegórico representa la
melancolía en la todavía ausencia del Amado, y también el sufrimiento de la
propia aniquilación, pues el alma ha de morir a su naturaleza imperfecta
durante esa noche, para acceder a la vida sobrenatural a través de la unión
con Dios en el matrimonio espiritual.”[3]
La
noche oscura del sentido es a la vez melancolía y muerte,
dolor por lo que se deja atrás y anhelo por lo porvenir. La melancolía es “la herida
que inicia y signa la noche oscura de la purificación”[4].
Por tanto la noche oscura del sentido:
“nos recuerda el período del nigredo
u obra en negro, el primer estrato de la gradación alquímica de los
tres mundos o tres partes de la Piedra Filosofal en la tradición de la
filosofía hermética. Y aunque la noche representa un símbolo magnífico
en ambas tradiciones alquímicas y místicas, San Juan utiliza las
características analógicas de la oscuridad cósmica para exponer el fragor
inicial del entendimiento en la oscuridad mística.”[5]
Aquí
es obligada la referencia a la tradición simbólica hermética y alquímica que,
como se sabe, ha explotado abundantemente este símbolo de la muerte y el nuevo
nacimiento tanto en su literatura como en su iconografía y que estaba, no lo
olvidemos, en pleno desarrollo en tiempos de Durero.
Se “está purgando el alma,
aniquilando y vaciando o consumiendo en ella, así como hace el fuego al orín
y moho del metal, todas las afecciones y hábitos imperfectos que ha
contraído toda la vida, porque en esta fragua se purifica el alma como el
oro en el crisol.”[6]
(N.O. Libro II, Cap. 6, 6)
El
simbolismo alquímico se hace obvio aquí: el crisol, el oro y la purificación de
los metales al fuego. Volvamos ahora por un instante al primer grabado. Si por
una parte es evidente la nocturnidad –o crepuscularidad- del mismo y su
referencia saturnal -cuya relación con la nigredo alquímica ya fuera
señalada por Erwin Panofsky[7]-,
encontramos en este grabado además referencias a la purificación de los metales
e incluso a la consabida muerte iniciática.
Quizá
la más obvia referencia al simbolismo alquímico de las tres estampas sea el
crisol puesto al fuego, en el margen izquierdo de ‘La Melancolía’, que no por
casualidad posee forma de corazón[8], y
medio oculto por esa masiva figura pétrea del icosaedro truncado que nos
transmite una fuerte sensación de inercia y pesadez. Figura pétrea que oculta
además los primeros peldaños de la escalera impidiendo el acceso a la misma –y
por tanto impidiendo el ascenso del alma por ella-.
El crisol con forma de corazón medio oculto por la gran piedra que figura
el gran obstáculo en el alma del iniciado.
Además
podemos observar algunos símbolos que nos remiten a la misma pasión de Cristo
y, a través de la misma, a la muerte iniciática del personaje: los cuatro
clavos[9],
las tenazas, el martillo, la corona, la bolsa de monedas y la escalera. La
escalera -de siete escalones, importante número simbólico- es además una
referencia a esa Scala Paradisi que antes mencionamos[10] y
por la que quisiera ascender el alma atribulada de la estampa, aunque todavía
no encuentra el camino porque, como acabamos de señalar, se lo impide la mole
granítica. Por último la rueda de molino, símbolo de la trituración, la
demolición, la mortificación a que está sometida el alma, nos recuerda la
piedra ante del sepulcro[11],
un símbolo más de esa muerte. Piedra que habrá de ser removida[12]
para alcanzar la ‘espiritual resurrección que espera’.
Los clavos de la Pasión a los pies de la figura melancólica.
Crucifixión románica con cuatro clavos,
como era habitual en la época medieval.
La
conclusión es que Durero plasma en este primer grabado al alma principiante que
está en pleno proceso de aniquilamiento, disolución y muerte iniciática. Muerte
y transformación que ha de ocurrir en lo oscuro, en lo secreto, a riesgo de
echarse a perder si sale a la luz, incluso puede producirse en el interior de
la Tierra[13],
pues:
“si el grano de trigo no cae en
la tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto.”[14]
Existe
además una especie de prueba inversa de lo que decimos, y es una referencia a
la superación de la muerte iniciática presente precisamente en los otros dos
grabados mediante un conocido símbolo: la calavera. Sabemos que ésta ha sido
frecuentemente símbolo de la muerte del ‘hombre viejo’, del viejo Adán y por
ello mismo es símbolo de los que han muerto al mundo y nacido al espíritu, o,
empleando una conocida metáfora, de aquellos que han ‘nacido por segunda vez’,
los iniciados o neófitos, pues como dijo Cristo a Nicodemo en aquel misterioso
pasaje:
“El que no nazca de nuevo, no
puede ver el Reino de Dios”[15].
La presencia de la calavera a los pies del
caballero así como junto al escritorio de san Jerónimo nos asegura que ambos
personajes han muerto al mundo y sus pasiones y han nacido de nuevo, esta vez
al mundo del espíritu.
[1]
Álvarez, M.A., Experiencia y expresión de lo inefable en San Juan de la Cruz;
en revista Hipertexto, nº7. UTPA. Edinburg, TX, USA, 2008.
[2] Las cursivas
son nuestras.
[3] Op. Cit. La
cursiva es nuestra.
[4] Op. Cit.
[5] Op. Cit.
[6] La cursiva es
nuestra.
[7] Panofsky et
al. Op. Cit.
[8] “René Guénon,
(…) insistió suficientemente en el significado de la vasija, de la copa, del
cáliz como símbolo del corazón; simbolismo que deriva directamente de la forma
del objeto, análoga a la del órgano físico. Se ha recordado a este respecto que
en Egipto el jeroglífico usado para designar el corazón era precisamente una
vasija.” Hani, J. Mitos, ritos y símbolos. Ed. Olañeta. Palma de
Mallorca, 2005
[9]
Las crucifixiones románicas acostumbran a presentar cuatro clavos y no tres,
costumbre iconográfica que no se impuso hasta el gótico y que es exclusiva del
occidente europeo (nótese que las crucifixiones ortodoxas aún presentan cuatro
clavos). Un conocido ejemplo lo encontramos en el popular Cristo de San Damián.
[10] Ver Nota 18.
[11]
Mt. 27, 60.
[12]
Jn. 20,1.
[13] Recordemos la
máxima hermética: ‘V.I.T.R.I.O.L.’.
[14] Jn 12, 24.
[15] Jn. 3, 3.
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