lunes, 15 de junio de 2015

Guardias pretorianas y perros de presa (y III)


"Y unge tus ojos con colirio, para que recobres la vista." 
(Ap. 3:18)


Hasta aquí hemos expuesto la radical falsedad que contiene la popular dicotomía entre izquierda y derecha, así cómo su incapacidad para explicar adecuadamente la realidad social. Como hemos visto, la pretendida oposición entre estos términos forma parte de un discurso elaborado y promovido desde el poder para consumo de las mayorías, mayorías que pese a la ilusión democrática moderna tienen un papel por completo pasivo en el devenir de su sociedad. Por ello la elaboración del espectro 'ideológico-político' consistente en la aparente oposición de derecha e izquierda debe ser considerado en primer lugar un 'acto de propaganda', tras el cual, como veremos a continuación, el poder oculta y protege su verdadero núcleo

A fin de combatir la perspectiva sobre la que se fundamenta la anterior dicotomía y que impide ver la verdadera relación de fuerzas que se esconde tras los agentes políticos de la dominación global proponemos un nuevo modelo interpretativo desarrollado a partir de la noción de paradigma tal y como planteara T. Kuhn y desarrollara con posterioridad I. Lakatos, pues la modernidad occidental cumple todos los requisitos necesarios para ser considerada como tal.


En primer lugar debemos abordar el estudio de la modernidad misma como constituyendo un paradigma civilizatorio y cultural propio, es decir debe tomarse el fenómeno de la modernidad como formando un todo completo y auto-suficiente, que se basta a sí mismo a la hora de explicar el mundo y de reproducirse como orden social. Recordemos que la noción de paradigma sugiere un universo cerrado y coherente, que funciona con una lógica que le es propia e intransferible, tal y como supone la noción de incomensurabilidad que definiera Kuhn. 

La modernidad cuenta con características suficientes para ser interpretada como tal, así por ejemplo la civilización moderna cuenta con su propio y muy elaborado aparato conceptual, filosófico y científico, que le sirve de andamiaje teórico a la hora de justificarse y legitimarse, un sistema teórico que resulta además indispensable para llevar a cabo la imprescindible función de reproducción del orden social concreto que lleva aparejado.  

Por otra parte este sistema ideológico que implica el paradigma cumple una función cognitiva de primer orden para aquellos individuos que se encuentran inmersos culturalmente en el mismo pues les proporciona las herramientas cognitivas necesarias para enfrentarse a la realidad. Podríamos decir, siguiendo aquel famoso ejemplo que empleara Kuhn [1], que el paradigma equivale a las gafas con que el sujeto ve -percibe- la realidad. 

Dos características de esta dimensión cognitiva son especialmente significativas: 
  1. su invisibilidad - siguiendo con el ejemplo de las gafas, puesto que el sujeto jamás ha visto la realidad bajo otra óptica, entiende su punto de vista como natural y propio, no lo adjudica a circunstancias externas, por lo cual el sujeto establece una fuerte identificación con su punto de vista.   
  2. su exclusividad - la dimensión cognitiva del paradigma genera un acercamiento particular y en cierto modo único a la realidad, por medio de conformar todo el imaginario del sujeto, condicionando sus emociones, deseos, esperanzas y temores. Por esta misma razón al imponer un modo de ser-en-el-mundo particular y exclusivo el paradigma impide en la práctica cualquier otro posible acercamiento a la realidad. 

Por tanto a la hora de estudiar un paradigma determinado es tan importante atender a lo que este incluye, es decir aquel conocimiento que permite y hace posible, como a aquello que excluye, es decir todos aquellos otros conocimientos -o modos de conocimiento- que imposibilita y niega por estar situados fuera del marco epistemológico que dicho paradigma impone. 

En todo caso es esencial comprender que todo paradigma civilizatorio debe ser entendido como una realidad de orden psíquico y mental más que material, pues es una verdad más sentida que pensada y más emocional que racional, particularidad esta que tiende a invisibilizarlo sobre todo para los sujetos inmersos en el mismo y que ven la realidad a través suyo. 

Y es aquí donde el término ideología adquiere todo su valor -muy lejos del sentido menor con que se emplea el término en la actualidad- pues hace referencia al conjunto completo de ideas que son propias y exclusivas de un determinado paradigma. La importancia de dicho ideario es capital como ya hemos señalado pues este universo ideológico conforma la principal herramienta cognitiva con que los sujetos se enfrentan a su realidad. 



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Estructuralmente todo paradigma se compone de un núcleo invariante y de un cinturón protector. El cinturón protector, como ya advirtiera Lakatos, no es invariable sino que resulta modificado por la interacción permanente que mantiene el paradigma con la realidad exterior, es decir el contexto -sea natural o social-, que impone ciertos límites a su desarrollo a la par que le obliga a continuas adaptaciones. Podemos representar gráficamente la estructura de un paradigma del modo siguiente:



Los aspectos 'esenciales' de un paradigma cultural -lo que podríamos llamar sus 'principios motores' e 'ideas irrenunciables'- residen en el núcleo del mismo mientras el cinturón exterior es una 'zona estratégica' para la protección del núcleo por lo cual su valor es principalmente instrumental y carece de características fijas, esenciales o centrales. De hecho, tal y como Lakatos sugiere, cuanto más flexible sea este cinturón protector mejor podrá dar cuenta de las zonas oscuras y marginales del paradigma, por medio de adaptarse a los cambios y exigencias del contexto -ecológico, cultural, etc.- y cumplir más adecuadamente su función de defensa del núcleo, que permanece siempre inamovible. Por tanto cuanto menos fijo y esencialista -es decir más adaptable- sea el cinturón protector mejor responderá y asimilará aquellas preguntas que pudieran poner en peligro la coherencia del núcleo a la hora de explicar la realidad.  
  1. Si nos referimos al núcleo central la característica básica es que las ideas centrales que contiene son aceptadas sin discusión, no pueden ser cuestionadas ni tampoco rebatidas -funcionan como axiomas- pues el aparato teórico creado a su alrededor las protege, siempre y cuando se respeten unas reglas básicas de funcionamiento del paradigma que, al modo de leyes, dan lugar a una retórica propia. Cada universo ideológico hace uso de una retórica y una lógica propias. Esto resulta particularmente evidente cuando comparamos el discurso filosófico generado en diferentes épocas históricas, no solo los problemas planteados -las preguntas empleando el término que usara Kuhn- son dispares sino que también lo es el modo de abordarlos. Este es uno de los pilares fundamentales de la tesis kuhniana, la aparición de nuevas preguntas al darse el 'cambio de paradigma' que eran impensables según la perspectiva del paradigma anterior. Este fenómeno condujo a Kuhn a concluir que los diferentes paradigmas no pueden ser comparados, pues son universos teóricos y mentales diferentes [2]. En definitiva, lo que define el núcleo de un paradigma es su carácter axiomático e impositivo, que lo presenta como fuera de toda duda e invulnerable, ajeno a cualquier cuestionamiento.
  2. Por su parte, el cinturón protector marca los límites cognitivos del paradigma y lo protege de injerencias ideológicas exteriores. Por ello las ideas propias de esta región se encargan en primer lugar de señalar los límites de lo aceptable así como de 'excluir' lo que resulta inaceptable, esto es aquello que pondría en cuestión las ideas nucleares, poniendo en peligro la supervivencia del paradigma mismo. 

Un aspecto a destacar es que el cinturón protector puede según los momentos poseer zonas más o menos confusas u oscuras en las que el paradigma parece perder fuerza y perder su coherencia y homogeneidad. Si esto sucede en el campo de las ideas científicas -como demostró Lakatos- no hay razón para suponer que no ocurra lo mismo cuando nos referimos al conjunto de ideas de una cultura, es decir a un paradigma cultural. 



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Es necesario trasponer en la medida de lo posible esta descripción morfológica del paradigma como 'marco de investigación científica' al ámbito de las culturas y en particular nuestra intención es aplicarlo al estudio de la modernidad, que es el caso que aquí nos ocupa [3]. Con respecto al paradigma moderno en concreto, en el núcleo central de la modernidad reconocemos tres ideas básicas e invariantes alrededor de las cuales gira todo el armazón teórico desarrollado por la civilización moderna a lo largo de los últimos tres siglos: 
  • individualismo -  subjetivismo - negación de toda verdad superior al sujeto.
  • materialismo - racionalismo. 
  • laicismo - carácter anti-sagrado de la modernidad. 

No es difícil percatarse de que estas tres ideas centrales se apoyan en un error o desviación de índole espiritual y que no es otro que el conocido giro anti-metafísico de la modernidad y la imposición del punto de vista profano como criterio único y exclusivo de acercamiento a la realidad. Por tanto lo que reside en el núcleo mismo del paradigma moderno es una fuerza de índole anti-tradicional. [4] La observación de los hechos demuestra que es así pues si hay algo que rechaza con vehemencia el paradigma moderno por encima de todo son aquellas interpretaciones de la realidad que remitan a lo sagrado o a un orden superior. Todas las ideas en este sentido son perseguidas, desacreditadas y tachadas de supersticiosas, pseudo-científicas y primitivas.

Laicismomaterialismo son inseparables: tanto uno como otro cumplen a la perfección su función de excluir cualquier interpretación espiritual tanto de la naturaleza -el materialismo- como de la sociedad -el laicismo-. El racionalismo por su parte es la transposición del materialismo naturalista al ámbito del alma humana: del mismo modo que el materialismo se impone como criterio único de estudio de la naturaleza -lo exterior-, el racionalismo trata de acaparar la totalidad del ámbito psíquico del ser humano -la dimensión interior-, excluyendo cualquier otro tipo de realidad psíquica o acercamiento a la verdad. 

De modo análogo, si el materialismo es la primacía moral de la cantidad sobre la cualidadel individualismo supone la primacía del ego sobre cualquier otra consideración o límite. El individualismo, partiendo del mismo germen anti-tradicional que las otras ideas-germen, está profundamente vinculado a la negación del principio de jerarquía lo que en el fondo supone una negación de cualquier verdad y de toda realidad superior al sujeto conduciendo al solipsismo, el subjetivismo, la 'dictadura de la opinión' y los ideales mesocráticos e igualitarios -homogeneizadores- tan propios de la modernidad. 

Aquí encontramos un ejemplo claro de cómo funciona el paradigma en la práctica, generando 'ideas' compartidas por la mayoría social y que influyen en la convivencia y la realidad social, a partir de una idea germen muy simple que se presenta como un axioma incuestionable, a saber: la conocida doctrina de la 'libertad individual'. De este modo, a partir de cada uno de estos tres 'principios motores' se concretan y definen unos objetivos sociales que a su vez dan lugar a un proyecto político más o menos concreto y definido. 

Dicho esto, podemos agrupar y resumir estas tres ideas centrales bajo una única 'marca' o idea más amplia, que de hecho las ha reunido históricamente: la doctrina del liberalismo. El liberalismo es el germen político de toda la modernidad y puede ser comparado a un fruto que contiene dentro de sí tres semillas -las tres ideas centrales que hemos definido anteriormente-. Todas las 'ideologías políticas' de la modernidad han aparecido como respuestas o matizaciones al liberalismo primigenio. 


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Si dejamos ahora el núcleo ideológico del paradigma moderno y pasamos a ocuparnos de su zona más exterior o cinturón protector, encontramos otras ideas importantes a nivel popular pero mucho más vagas e indefinidas, ideas que cumplen a menudo la función de seducir a las masas. Ideas en general bastante groseras y frecuentemente supersticiosas tales como el mito democrático o la ilusión igualitaria. 

Pero una de ellas ha poseído un éxito histórico indudable que la ha convertido en una herramienta fundamental para el funcionamiento de este cinturón protector durante casi doscientos años: el mito del progreso. Sin duda la idea de progreso, impuesta y naturalizada a través de la falacia de la teoría darwinista en el ámbito de la ciencia y del marxismo en el ámbito de la historia, es una de las ideas más exitosas que hayan existido y la que mejor ha servido para inculcar la 'modernidad' al común de las gentes. 

Pero no debemos pensar que por ello sea una idea central, estamos ante una idea puramente instrumental, ante un arma ideológica y una herramienta de propaganda. No es de extrañar por tanto que entre los teóricos de primer nivel, la intelligentsia -tanto de corte izquierdista como liberal-, se venga sosteniendo últimamente que la idea de progreso se encuentra ya hoy muy desacreditada -sobre todo en la zona del núcleo paradigmático...-, sin embargo ésta  idea sigue sirviendo muy fielmente a su función de propaganda para ilusionar a las masas, a las que siempre llega el deshecho intelectual producido para su consumo por la intelligentsia central del núcleo. Lo cierto es que fuera de los ambientes intelectuales la idea progreso continua vigente en la sociedad pues sigue cumpliendo de manera exitosa su papel de ilusionar a las masas con la promesa de un futuro mejor. Y cuanto más vaga es esa promesa -sin especificar si se trata de un progreso tecnológico, social, cultural...- mejor parece ilusionar al común de las gentes.  

Al aplicar este análisis estructural del paradigma -que podemos resumir mediante el esquema centro-periferia- a la civilización moderna podemos plantear la siguiente representación: 



Al reflexionar sobre el anterior esquema se hace patente cuál es en realidad ese 'centro' donde residen la virtud política y en qué consiste la deseada 'centralidad' que todos los actores de la 'política-espectáculo' buscan tan afanosamente. Salirse de esa 'centralidad' es alejarse del núcleo paradigmático y avanzar por las regiones pantanosas de la indefinición ideológica y de la marginalidad ideológica donde tienen cabida ideas heterodoxas. En realidad solo puede admitirse abandonar la 'centralidad' para pasar a formar parte del cinturón protector, caracterizado por la confusión ideológica tanto como por la radicalidad política -teórica y práctica-. En esta zona en efecto muchas ideas son válidas, incluso aquellas aparentemente contradictorias con el núcleo o entre sí, por una sencilla razón: sirven estratégicamente como armas contra todo aquello que se sitúe fuera del paradigma moderno. 

Como se aprecia en el esquema, izquierda y liberalismo están estrechamente emparentados. En primer lugar proceden de un mismo origen, el giro anti-metafísico de occidente, que es el germen mismo de la modernidad. Además comparten todas las ideas centrales del paradigma, empezando por las tres ideas fundamentales que hemos definido anteriormente. 

En tanto situada en la zona periférica de protección, una de las funciones capitales de la izquierda históricamente ha sido la de destruir toda resistencia al nuevo orden de la modernidad y ensanchar el horizonte de influencia del paradigma. Aquí, el 'mito del progreso' ha sido una herramienta ideológica de primer orden para poder vencer las resistencias naturales ejercidas frente al cambio social revolucionario que poco a poco ha ido haciendose hegemónico

Precisamente en este sentido nunca se ha valorado lo suficiente el papel fundamental que el marxismo ha desempeñado a la hora de aportar al paradigma moderno las herramientas conceptuales y filosóficas necesarias para hacer de él un todo coherente capaz de explicarse y legitimarse a sí mismo. El marxismo dotó al núcleo del paradigma de un meta-discurso del que hasta ese momento carecía. Por citar tan solo un ejemplo, el marxismo suponía una justificación del materialismo, que era una rareza filosófica, bajo una apariencia científica. Y precisamente el marxismo se situaba en las regiones periféricas del paradigma pues se dirigía a aquellos no inmersos en él con el fin de re-educarlos. Consideramos por tanto que su sistema filosófico es la teoría que mejor sirve al cinturón protector del paradigma, tiene en común con el núcleo las bases epistemológicas pero añade a las mismas el mito del progreso y la utopía del finalismo histórico. 

Hemos visto hasta aquí el vínculo genealógico que une progresismo y liberalismo. La principal diferencia entre ambas posiciones ideológicas es que una es más central que la otra y por tanto posee valores más esenciales e irrenunciables, los cuales por cierto son defendidos de modo extremadamente fundamentalista. Se comprende ahora por qué decíamos que la izquierda carece de esencias, de principios, y a menudo de definición, siendo su proyecto siempre contextual y variable, en tanto el liberalismo posee un proyecto revolucionario que, aunque se oculta bajo diversas manifestaciones históricas como puede ser el capitalismo, es esencialmente invariable en el tiempo. 

En este sentido una matización es primordial para evitar equívocos: liberalismo e izquierda comparten un mismo carácter revolucionariodado que toda la modernidad es en sí misma un proyecto revolucionario dirigido a volver del revés, es decir invertir el orden natural y social de las cosas. Y no hay más que atender a la realidad social que uno y otra han impuesto históricamente cuando han tenido ocasión para concluir que en efecto es así. 


Esta relación de parentesco entre ambos proyectos revolucionarios es la razón de fondo por la que el núcleo liberal concedía sin problemas la elaboración del aparato cultural e intelectual de propaganda a las corrientes de izquierdas y al marxismo, convencido de ser la mejor estrategia a la hora de adoctrinar más profundamente a los sometidos proporcionándoles un producto a su medida y así quebrar en una o dos generaciones cualquier resistencia, empujando a los sometidos a aceptar el nuevo orden revolucionario como un bien... 

El liberalismo se muestra así como la doctrina de la élite, dirigida a los pocos, mientras el progresismo y sus corolarios utopistas y revolucionarios son un mito, una superstición, fabricada para los muchos




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Dicho esto, ¿dónde queda entonces la derecha? La derecha -entendida en el sentido clásico de conservadurismo no-liberal y defensa del antiguo régimen y su orden social- no tiene cabida alguna en este contexto revolucionario y cae por entero fuera del paradigma, lo que podría representarse gráficamente situándola en algún lugar de la zona de exclusión. 

Esto nos permite entender varias cuestiones. En primer lugar explica el carácter marginal de la derecha desde las revoluciones liberales del siglo XIX. A su vez, a través de esta representación se comprende mejor por qué la derecha ha sido demonizada sin pausa por las propagandas tanto liberal como progresista

En tercer lugar se hace evidente también la razón de que su principal enemigo haya sido y siga siendo lo que se ha denominado 'izquierda', y que no es más que la avanzadilla, la vanguardia y la punta de lanza del paradigma moderno a la hora de ampliar su zona de dominio, pues según la estructura morfológica del paradigma es la izquierda, la abanderada de todos los progresos, la que toca -si puede decirse así- la realidad exterior al paradigma mismo y por tanto a quien le corresponde el papel de lidiar con los enemigos. Entre tanto el núcleo revolucionario y anti-tradicional del liberalismo permanece bien a resguardo, protegido tras el cinturón sanitario que constituye la izquierda. Izquierda que, ahora resulta ya innegable, es su guardia pretoriana

Desde esta perspectiva resulta comprensible el hecho de que el laicismo más radical y beligerante se manifieste precisamente en las zonas más marginales y periféricas del paradigma, allí el odio religioso toma formas tan descaradas como filosóficamente absurdas y groseras. Sin embargo, en el núcleo del paradigma el odio religioso presenta formas mucho más sutiles y refinadas en las que no vamos a entrar aquí pues no es este lugar para ello, baste indicar que van dirigidas a desacreditar la religión y demoler cualquier tradición espiritual 'desde dentro'. Se trata de un trabajo de fondo, dirigido sobre todo al debilitamiento y la adulteración de la Tradición, mientras el trabajo sucio se deja en manos, una vez más, de la fuerza de choque: la izquierda. 

A largo plazo estos peligros emanantes del núcleo de la modernidad, que conducen progresivamente a la perversión espiritual de la tradición -y próximos a la idea de contra-iniciación de Guénon- son mucho más destructivos que los otros pues mientras los primeros crean mártires y resistentes -como en la Rusia bolchevique-, los segundos solo dan lugar a falsos creyentes y herejías -tal y como sucede hoy un poco en todas partes- [5].



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Como es lógico, situarse fuera del marco paradigmático hegemónico implica cambios de fondo sustanciales. Desarrollar un nuevo modo de ser-en-el-mundo implica algo más que las palabras y declaraciones de intenciones a que estamos acostumbrados. Es imposible escapar del ojo de huracán de este paradigma sin renegar explícita y activamente de su núcleo esencial, núcleo cuyos valores anti-tradicionales la izquierda sigue aceptando mayoritariamente. 

Otro asunto de vital importancia es la creación de una nueva retórica, no dependiente del discurso central que el liberalismo ha venido desarrollando desde el siglo XVII en occidente -materialista, cientifista, individualista y laicista-. 


Dos apreciaciones estratégicas queremos señalar para acabar. 

A corto plazo hay que desmarcarse definitivamente de las 'ideologías políticas' de la modernidad. Su imaginario está demasiado en deuda con el núcleo del paradigma y su capacidad transformadora es tan limitada que no se puede esperar encontrar dentro de sus estrechos límites la solución a la problemática global actual. Las ideologías deben ser entendidas como peligrosas herramientas de división social diseñadas y dirigidas desde el verdadero poder central. Toda 'falsa ideología' moderna debe ser abolida. 

En segundo lugar el cambio de paradigma pasa por la recuperación de un concepto fundamental, la noción de alma. Si la modernidad se ha caracterizado ante todo por la negación del mundo interior del hombre, el rechazo de sus necesidades inmateriales abogando por un reduccionismo materialista en todos los ámbitos de la realidad ello no es por una cuestión de pragmatismo, se trata de una cuestión central que hunde sus raíces en el giro anti-metafísico y la rebelión contra el espíritu que ya hemos citado antes. Recordemos que, como dijimos antes, racionalismo y materialismo son reduccionismos análogos dirigidos a la realidad interior y exterior al hombre respectivamente y suponen ambos la negación de la idea de alma tanto para el sujeto humano como para el mundo [6]. El rescate de esta idea puede funcionar como un nuevo germen que vaya aglutinando a su alrededor visiones y actitudes radicalmente ajenas al paradigma moderno. 







[1] T. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas. FCE. México, 1971.


[2] Este es el principio de inconmensurabilidad. 

[3] Ya ha habido intentos de aplicarlo al ámbito de la filosofía, por ejemplo por parte de G. Reale, y del arte.

[4] Hay aquí un problema mucho más profundo que una mera 'ideología política', estamos ante un error de índole espiritual que puede ser calificado de desviación satánica. 

[5] Este fenómeno es hoy por hoy observable en todas las tradiciones religiosas y espirituales auténticas.


[6] El alma del mundo o Anima Mundi.

4 comentarios:

Hugo dijo...

Tan interesante como siempre :)

No obstante, para hacer algo de contrapeso, o para hacer de abogado del diablo, je... diría que también es preciso dilucidar y reconocer llegado el caso qué ideas o instituciones modernas, y en qué medida, podemos aprovechar y reutilizar después de una crítica anti-moderna equilibrada (si se me pide podría proponer algunas, por aquello de concretar), es decir, un análisis que, al menos en la intención, sea imparcial y trate de sacar lo positivo de cada época histórica (o dicho al revés, una crítica que también recuerde lo negativo que se ha dejado atrás). Lo digo sobre todo porque una omisión de estas características por nuestra parte podría interpretarse como un anhelo o nostalgia desmedida por un mundo tradicional, a mi juicio y hechas todas las cuentas, también problemático en términos políticos y metafísicos (tal vez no tan problemático, aunque ahí ya entraríamos en el difícil terreno de la comparación).

En otras palabras, ¿hasta qué punto debemos "desmarcarnos definitivamente" y adoptar posturas "radicalmente ajenas al paradigma moderno"? Mucho hemos de alejarnos de la modernidad, sin duda, pero cuánto exactamente y en qué dirección, no lo sé. La obra de Guénon está bien, y "la noción de alma" también, pero por sí solas o como hincapié intelectual me recuerdan un poco, tal vez equivocadamente o sin motivo, a eso que se dice del efecto péndulo: un excesivo modernismo puede producir, por reacción natural, un igualmente excesivo antimodernismo.

Un abrazo y enhorabuena por los textos.

dr. ramsés dijo...

Gracias como siempre por leer con tanto interés este blog y por tus comentarios. Planteas cuestiones que precisarían otro (u otros) artículos para ser respondidas como es debido ;-)

Resumidamente, lo que pretendemos desde estas páginas es promover un cuestionamiento de la modernidad, cuestionamiento que en nuestra sociedad es muy incipiente y que solo puede hacerse en profundidad situándose fuera de la modernidad, en otra ¿nueva? perspectiva. Es pronto por tanto para responder a la cuestión de qué debemos conservar, cuestión que me han planteado también otros lectores, por cierto. En todo caso no consideramos que sea nuestra función. Nuestra función debe ser desenmascarar y debilitar el 'falso orden' actual, no plantearnos qué debemos conservar del mundo presente -que desde mi punto de vista sería muy poco- y ni tan siquiera, teniendo en cuenta el estado actual de las cosas, discutir acerca del orden porvenir.

Además responder a esta cuestión de si poco o mucho de la modernidad es deseable obliga a dejar a un lado los gustos y apegos de cada cual, cosa que solemos olvidar, y en todo caso hay que entender que se han dado pasos que no admiten vuelta atrás, sobre todo en lo que afecta al desarrollo tecno-científico, del cual ahora mismo la humanidad es ya dependiente por muchas razones.

Por ello, y por resumir lo más posible la postura que se adopta aquí, no se trata de destruir el producto de la modernidad porque sí, lo cual sería un tipo más de nihilismo moderno, sino -teniendo siempre presente que debemos atender antes al noúmeno, la causa, que a los fenómenos, los efectos- rechazar los fundamentos del desorden actual para re-ordenar la realidad alrededor de principios o fundamentos distintos, más justos y verdaderos.

Como digo es evidente que estamos al comienzo de este camino y aún es pronto para responder sobre lo que vendrá.


También comentar que la cuestión metafísica es capital hoy por hoy pues la asunción de los postulados materialistas impide muchos diálogos pendientes y necesarios. Sin duda todos debemos en este sentido hacer un esfuerzo por dejar a un lado prejuicios.

No sé si he respondido en algo a tu comentario :-P

Mukashi dijo...


Personalmente, al respecto :

Pienso que la cuestión de la graduación de que rechazar o asimilar, es una trampa, medir el punto de alejamiento de la modernidad me parece una acción ilusoria, aunque la presión y dificultad de buscar ese equilibrio imposible cuando transitas más o menos permanentemente esa zona de " exclusión" es inevitable.
En mi experiencia particular, esa "búsqueda" de un hábitat en equilibrio dónde desmarcarse lo suficiente encontrando aquellos elementos preferibles de los que no desmarcarse, me ha llevado a la conclusión que esa misma idea es un elemento de la zona de periferia.
Pienso honestamente, que aquello de nuestros tiempos de lo que no hay que desmarcarse, es todo aquello que sobreviva en la vida del hombre moderno, sin pertenecer a dicho tiempo, aunque se revista con ropas de estos tiempos, siendo capaz de ignorar dichas ropas.
O dicho de otro modo, comprender que hay elementos de la modernidad de los que no podemos prescindir, pero sin que ello les otorgue a esos mismos elementos la cualidad de principios, por el hecho de no poder prescindir de los mismos, aceptando la convivencia inevitable de esta era entre la inversión metafísica y los principios eternos, prescindiendo siempre que nos sea posible de toda inversión , y "cargando" con ello cuando no sea posible sin olvidar su naturaleza ; " una carga " que asumir sin que el esfuerzo de sobrellevarla nos aleje del principio, ni nos haga confundirlos por agotamiento o necesidad de "integración".
Lo expresaría de alguna manera, como : desmarcar del corazón TODO aquello perteneciente al hombre moderno, cuerpo del que nosotros formamos parte, al menos en el tiempo, y asumir sufrirlo en la piel cuando sea inevitable, manteniéndose firme para que no atraviese más allá de ésta.

Mukashi dijo...


Y se me olvidava volver a agradecer este blog, felicidades por este artículo y el resto. Gracias por este espacio, hay mucho para leer y reflexionar.

Saludos.